Cortázar: la libertad lúdica y
el compromiso ideológico
Por Gabriela Mayer
Deutsche Presse-Agentur (dpa)
Buenos Aires (dpa) - "Hay que luchar contra el idioma para
que no imponga sus fórmulas y sus clichés, las frases hechas, todo lo
que caracteriza tan bien a un mal escritor", sostenía Julio Cortázar.
El autor argentino afirmaba que el resultado de la confrontación
del escritor con la palabra es una alegre batalla". El libró esa
pelea de modo incansable, como un boxeador que cuenta con numerosos
recursos pugilísticos para saberse invencible ante su "adversario",
el lenguaje.
Julio Cortázar incluyó a lo largo de su obra lo que él denominó
una "constante lúdica", que no se limita a un recurso narrativo, sino
que se contrapone a la vida ordinaria, en busca de otras realidades
diferentes de la cotidiana.
Enfrentado a lo que denominaba un falso lenguaje literario, el de
la solemnidad y el acartonamiento, aspiraba a un lenguaje que tuviera
la misma espontaneidad que el rico estilo oral.
La asombrosa novela "Rayuela" (1963), que es "muchos libros, pero
sobre todo es dos libros", ofrece al lector un papel pasivo, con una
lectura lineal, o bien convertirse en cómplice, saltando de un
capítulo a otro y rechazando el orden cerrado de la novela
tradicional.
En el capítulo 68 se encuentra un texto escrito íntegramente en
gíglico, idioma inventado por los protagonistas de la novela, Horacio
Oliveira y La Maga: "!Evohé! !Evohé! Volposados en la cresta del
murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos".
"Historias de cronopios y de famas" (1962) presenta un mundo
fantástico habitado por "famas", ordenados, cautelosos y solemnes, y
"cronopios", alegres, desordenados y poco afectos a las convenciones.
También describe con franca comicidad el mundo de lo normal
conviviendo con una extrañeza inexplicable, como en los cuentos
"Instrucciones para subir una escalera", "Pérdida y recuperación del
pelo" e "Instrucciones para llorar".
Cortázar, que vivía en París desde 1951 tras abandonar la
Argentina debido a sus diferencias con el peronismo, quedó
fuertemente impactado por una visita a Cuba poco después de la
Revolución.
Allí nació su preocupación política, que marcaría también su
literatura. El tema fantástico, por lo fantástico mismo, dejó de
interesarle.
"De mi país se alejó un escritor para quien la realidad debía
culminar en un libro. En París nació un un hombre para quien los
libros deberán culminar en la realidad", decía con su voz profunda de
"eres" afrancesadas y acompañado por el gesticular de sus expresivas
manos.
En el cuento llamado "Reunión", del libro "Todos los fuegos el
fuego" (1966), Cortázar narra el impulso revolucionario que llevó a
los "barbudos" al triunfo.
Desde entonces, Cortázar se propuso seguir viviendo en su plena
libertad lúdica, pero con la adopción de un compromiso ideológico y
político, que implicaba abandonar la torre de marfil de la
"literatura pura".
Cuando se produjo la muerte de Ernesto Guevara, escribió un
sentido poema, titulado "Che": "Yo tuve un hermano/No nos vimos
nunca/pero no importaba./Yo tuve un hermano/que iba por los
montes/mientras yo dormía."
Años más tarde, viajó varias veces a Nicaragua para apoyar la
revolución sandinista. Donó los derechos de "Los autonautas
de la cosmopista" (1983), escrito en colaboración con su mujer Carol
Dunlop, al sandinismo nicaragüense.
Cortázar -quien estaba convencido de que el azar hacía mejor las
cosas que la lógica- "jugaba en serio", según afirmaba el escritor
chileno Volodia Teitelboim. "El juego que descubre la verdad en el
fraude de los nombres, de los lugares comunes, de la historia que le
contaron en la escuela, de la superficie que vivimos y aprendemos".
El autor de "Rayuela" murió el 12 de febrero de 1984 en París, la
metrópoli que tanto le gustó recorrer durante más de tres décadas.
Sólo dos meses antes había caminado por última vez por las calles de
Buenos Aires, ciudad que decía llevar puesta como otros llevan los
zapatos", pese a su larga ausencia.